Promesas rotas: el terreno fértil para el populismo
La confianza es el fundamento de una democracia. No surge de grandes discursos ni de acuerdos de coalición bien redactados. La confianza surge cuando las promesas políticas se cumplen o, cuando las circunstancias cambian, cuando se ajustan de forma justa mediante una toma de decisiones abierta y compartida en interés de todos. Los ciudadanos necesitan comprobar que el Estado los toma en serio y actúa de forma comprensible. Es precisamente esa confianza la que se está dañando ahora en muchos ámbitos. El problema de fondo no son las reformas concretas. El problema es la suma de las señales que llegan a la gente.
Quien vive una y otra vez cómo se retiran compromisos o se recortan prestaciones públicas acaba perdiendo la fe en que la política todavía trabaja para él. La decepción se convierte en frustración. La frustración se convierte en ira. Y justo ahí empieza el terreno fértil para el populismo.
Los siguientes ejemplos representan una evolución que muchos ciudadanos perciben en este momento. Son solo una parte de las medidas del actual paquete de reformas. En opinión de muchos críticos, otras decisiones apuntan en una dirección similar. No todas se examinan aquí en detalle. Lo decisivo es la imagen de conjunto que resulta de ellas. Porque la confianza rara vez se pierde por una sola decisión. Se desvanece paso a paso.
La primera promesa es que toda persona recibe una buena atención médica. Sin embargo, precisamente en el ámbito de la atención psicoterapéutica, muchas personas afectadas viven una evolución que genera preocupación. Quien depende de apoyo necesita seguridad para planificar y no obstáculos adicionales. Las enfermedades mentales no desaparecen porque se recorten prestaciones o se dificulte el acceso. Con frecuencia solo se posponen. Al final, las consecuencias las soportan las personas afectadas, sus familias y la sociedad.
Otra promesa se refiere al papel de los medios. El periodismo debe controlar a la política y sacar a la luz las irregularidades. Para ello hace falta transparencia. Cuando se restringen los derechos de información o se debilita la ley de libertad de información, surge enseguida la impresión de que el control ya no es bienvenido. Pero la democracia vive de que la acción del Gobierno siga siendo comprensible. Quien reduce la transparencia reduce al mismo tiempo la confianza.
La tercera promesa es que el Estado trata a todos los ciudadanos por igual. En la realidad, sin embargo, muchas personas tienen otra impresión. Los recortes golpean a menudo con especial dureza a quienes ya tienen poco margen. Las familias con pocos ingresos, las personas con discapacidad o enfermedades crónicas y las personas socialmente desfavorecidas suelen notar los cambios primero. Quien es fuerte puede a menudo compensar las cargas. Quien es débil no suele tener esa posibilidad.
En el tema de la educación se observa una evolución parecida. Desde hace décadas se subraya que la educación es la clave de la igualdad de oportunidades. Al mismo tiempo, muchos jóvenes viven cómo se reducen o suprimen del todo los servicios de apoyo. Precisamente el alumnado con necesidades especiales de apoyo depende de esas ayudas. Quien ahorra aquí ahorra en el futuro del país.
El tema de los cuidados es especialmente sensible. Durante décadas se transmitió a la gente que paga cotizaciones y puede confiar en estar protegida en la vejez. Cuando se restringen prestaciones o las personas afectadas temen perder derechos, eso quiebra esa confianza. No se trata solo de dinero. Se trata de si una promesa dada para toda la vida sigue en pie.
Cada una de estas decisiones puede quizá justificarse políticamente. Los presupuestos deben cuadrar. Hay que fijar prioridades. Las reformas forman parte de la política. Pero lo decisivo es el efecto que llega al ciudadano. Cuando son siempre los mismos grupos los que sufren restricciones, surge la sensación de que las cargas se reparten de forma injusta.
La política se mide por sus consecuencias. Pero suele elegirse por sus promesas. Entre esos dos puntos se decide si la confianza se construye o se pierde.
Especialmente llamativa es la dimensión histórica. Konrad Adenauer y Willy Brandt marcaron a sus partidos aunque tenían ideas distintas en muchas cuestiones. A ambos, sin embargo, los unía la convicción de que la democracia vive de la confianza de los ciudadanos y de que el Estado tiene responsabilidad en la cohesión social. Uno se pregunta inevitablemente qué pensarían sobre la evolución actual.
Quizá aún más interesante sea otra pregunta. Cómo deben de sentirse los muchos miembros comprometidos de la CDU y del SPD que llevan años implicándose en sus municipios. Personas que cuelgan carteles electorales, organizan puestos informativos y debaten con los ciudadanos. Muchas de ellas entraron en sus partidos por convicción. Querían fortalecer la democracia y asumir responsabilidad. En cambio, viven cada vez más un distanciamiento entre la política nacional y los ciudadanos sobre el terreno. Tienen que explicar decisiones que a menudo ellas mismas comprenden con dificultad.
Justo ahí reside el verdadero peligro. El populismo no crece en una sociedad satisfecha. Crece donde la gente pierde la confianza. Crece donde surge la impresión de que las promesas políticas ya no valen nada. Crece donde los ciudadanos creen que sus preocupaciones no le importan a nadie.
Por eso muchas de estas decisiones actúan como abono para los movimientos populistas. Quien hace que la gente se sienta abandonada por la política no debería sorprenderse si otros aprovechan esa decepción para sus propios fines. La AfD no tiene que convencer a muchos votantes. A menudo basta con que otros partidos los decepcionen.
Se podría decir, de forma provocadora, que este paquete de reformas actúa para la AfD como un programa de estímulo. Allí probablemente se observen muchas evoluciones con gran satisfacción. Cada compromiso roto y cada nueva decepción facilita que los populistas se presenten como la única alternativa.
Precisamente por eso los ciudadanos no debemos dejar que nos enfrenten entre nosotros. Una democracia no vive de que grupos concretos se impongan unos a otros. Vive de que las personas se apoyen entre sí. Hoy afecta a personas con enfermedades mentales. Mañana a familias. Después a personas dependientes, estudiantes o personas con discapacidad. Quien calla porque no está afectado podría comprobar pronto que ya nadie habla cuando es él quien necesita apoyo.
Ningún grupo de la población puede ser discriminado, perjudicado o limitado en sus derechos sin poder contar con la solidaridad de todos los demás. Esto no es una idea de partido. Es el núcleo de una sociedad libre. Los derechos fundamentales no se aplican según el estado de las arcas, y la cohesión no puede depender de si uno se beneficia personalmente.
Cuando la política ya no fortalece la cohesión social, corresponde a los ciudadanos preservarla. Tenemos que escucharnos. Tenemos que apoyarnos. Y tenemos que tener el valor de ponernos delante de otros también cuando nosotros mismos no estamos afectados. Porque una sociedad no se mide por cómo trata a los fuertes. Muestra su carácter en el trato a los más débiles. Solo si permanecemos unidos le quitamos al populismo el terreno en el que quiere crecer.
La democracia no vive de discursos de domingo. Vive de credibilidad. Quien dilapida la confianza pierde mucho más que apoyo en las encuestas. Pone en peligro la cohesión de una sociedad. Las promesas rotas son, por tanto, mucho más que errores políticos. Son el terreno fértil en el que crece la desconfianza y el populismo recoge su cosecha.